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La habilidad para entrar y salir de los estados extáticos de conciencia y del mundo espiritual a voluntad, es una característica que distingue a los shamanes del enfermo mental. Por ejemplo, Michael Harner reportó: “Cuando estuve con la tribu Jíbaro o Shauar, había un hombre que vagaba por el bosque día y noche, hablando a los espíritus. Así que pregunté si este hombre era un shamán. ‘No’, dijeron ellos, ‘está loco’. ¿Estaba loco por estar viendo cosas? No, porque ellos las habían visto también. Estaba loco porque estaba fuera de control, no podía desconectarse“. (“Locura divina: Crisis iniciática chamanística y psicosis”, David Lukoff. Revista TAKIWASI No. 5, Tarapoto 1997)

Los curanderos demuestran poseer un conocimiento inédito e inexplicable para la ciencia moderna y para la mayoría de observadores.

Dentro de la sesión ritual de Ayahuasca, el curandero juega un papel sumamente importante y condicionante para el correcto desempeño de la sesión, sirviendo de moderador de las energías individuales y colectivas puestas en juego. La calidad de su propia energía condiciona altamente el resultado de la sesión. Esta modulación energética se transmite a través de los cantos sagrados llamados “icaros”.

Al haber seguido el camino de la iniciación y con la práctica, éste logra desarrollar una potente capacidad visionaria sin llegar a la embriaguez, pudiendo seguir su imaginería mental y dirigir la sesión, y según las necesidades, levantarse para ver a un paciente o hacer cualquier acción útil. Esta energía envuelve a todos los participantes y sirve como antena que endereza las energías individuales logrando un control sobre la armonía grupal.

Cuando existen fuertes descargas energéticas debido a la carga individual de un participante que se encuentra “purgando” energías pesadas, el curandero actúa asimilando en su propio cuerpo las energías desbalanceadas, armonizando la carga individual y manteniendo la armonía grupal del círculo. Su preparación previa durante las dietas, los ayunos, la experiencia y la confrontación con sus propios desbalances internos, le permiten metabolizar y neutralizar la perturbación sin que ésta lo afecte.

En una sesión “normal”, el maestro no interviene más que con sus cantos (“icaros“) y silbidos, o con la ayuda de un instrumento musical sin alterar la mareación individual de los participantes, permitiendo que ésta siga su proceso natural hasta ir desvaneciéndose por si sola. Algunas veces el canto va acompañado del movimiento rítmico de un manojo de hojas secas o ramas (“shacapa“).

En la primera media hora, muy a menudo sopla el humo de su pipa (“cashimba”) sobre cada uno de los participantes a fin de lanzar la mareación y canalizarla (“enderezar la mareación”). La cashimba normalmente ha sido “cargada” de energía por inmersión previa en la olla de Ayahuasca durante la fase de la cocción “refinada”, impregnándose así de los elementos del brebaje.

Alteración de la mareación

Es importante que las sesiones de Ayahuasca sean dirigidas por un maestro ayahuasquero de experiencia, ya que durante la sesión, debido a la intensidad de la mareación, el participante puede evolucionar hacia visiones negativas, las cuales deben ser enderezadas o canalizadas mediante la intervención experta del curandero para evitar que evolucionen hacia verdaderos estados de pánico o una desestabilización mental.

Hay que señalar que las experiencias negativas no conllevan un peligro por si mismas y muchas veces forman parte integral y necesaria del proceso individual de limpieza e introspección. El curandero interviene únicamente para suprimirlas cuando siente que la energía y el control del participante se están desestabilizando.

La intensidad de la mareación puede ser alterada por el maestro con la ayuda de diferentes técnicas tales como la “soplada“, la cual consiste en echar el humo del tabaco (mapacho) en la coronilla del paciente. También puede utilizar “agua florida”, timolina o alcanfor disuelto en aguardiente el cual sopla pulverizado con la boca sobre la coronilla, la cara, el pecho, la espalda y las manos.

La imposición de las manos sobre el cráneo o el tomar al participante de las manos puede alterar el flujo de energía y modificar inmediatamente el estado de la mareación. Otro factor que altera o modifica la mareación es prender una vela o luz tenue, las palmadas rítmicas con las hojas de shacapa sobre la cabeza del participante y la inhalación de perfumes o limón fresco.

Los icaros

En la selva peruana, se le denomina “icaro” a la melodía o canción utilizada por los curanderos en sus rituales. Algunos icaros son transmitidos de maestro a aprendiz, llegando a tener muchas generaciones de antigüedad. Otros son transmitidos directamente de la naturaleza. La mayoría son en quechua o castellano.

El icaro es un canto que cura, es el vehículo que lleva la sabiduría y la energía personal del curandero y representa el símbolo de su poder.

Utilizando su icaro el curandero puede “cargar” un objeto o sustancia con su energía para luego utilizarlo con un bien específico. Así, es común ver curanderos que “icaran” (cantan) sobre alguna pócima o brebaje antes de ofrecerla a su paciente, o icaran sobre su “mapacho” antes de aplicar una “soplada” sobre la coronilla o cuerpo de su paciente.

El icaro constituye la herramienta fundamental para el curandero amazónico. Éste lleva la energía y el conocimiento del shamán y constituye su patrimonio, su herramienta de trabajo y el legado para sus aprendices como parte de su futuro entrenamiento. Ya que representan la energía del curandero, la efectividad de sus icaros dependen directamente de su preparación y experiencia.

Los curanderos comúnmente manifiestan que sus conocimientos, incluyendo los icaros, fueron transmitidos y aprendidos en sueños o visiones recibidas por las plantas maestras en el proceso de aprendizaje. Primero aparece la melodía en forma de silbido repetitivo, luego se manifiesta poco a poco todo el icaro. Del mismo modo, a la hora de curar a un paciente, el icaro correspondiente aparece intuitivamente.

Tanto las palabras que constituyen el icaro como su significado no tienen una importancia indispensable. Lo que es importante es que el curandero sienta y comparta el espíritu del icaro, se identifique plenamente con él. Los icaros utilizados por los shamanes tienen palabras muy simples que aluden a ciertos animales, plantas o fenómenos naturales de poder simbólico. La mayoría contienen palabras en quechua, castellano o el dialecto del maestro original. Muchos tienen influencia cristiana haciendo alusión a santos y símbolos cristianos.

Los icaros pueden ser comparados con los Mantras de la tradición oriental, los cuales actúan sobre ciertos centros energéticos a través de la vibración. El curandero intuitivamente elige de manera inconsciente el icaro para cada situación particular, convirtiéndolo en un vehículo para transmitir su energía al paciente.

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